HOMENAJE A MARCELO QUIROGA SANTA CRUZ (I)

AA.VV. (27/10/2005 08:52)

A los 25 años del asesinato político de Marcelo Quiroga Santa Cruz, se realizó una primera fase de debate y esclarecimiento acerca de la democracia y el socialismo en Bolivia, en la Facultad de Economía de la UNAM, los días 11 y 12 de octubre del año en curso.




MARCELO

Roberto Bardini

En 1976, el año en que llegué a México, me enteré que Marcelo Quiroga Santa Cruz estaba exiliado aquí. No lo conocía personalmente pero sabía perfectamente quién era. En México tuve el privilegio de compartir con él tres ámbitos periodísticos y militantes: el diario El Día, la revista Cuadernos del Tercer Mundo y la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP).

El Día, fundado y dirigido por Enrique Ramírez y Ramírez en 1961 o 62, era el diario que tenía la mejor sección de información y análisis internacional en México. Era un diario de consulta en la universidad, en los ambientes académicos y en la secretaría de Relaciones Exteriores. Había recibido generosamente a exiliados políticos de América del Sur y de América Central, y cada uno aportaba lo suyo. Ganábamos poco pero aportábamos mucho porque nos sentíamos agradecidos de reflejar las realidades de nuestros países sin ningún tipo de limitación o censura. Nadie de la dirección nos decía nada si en lugar de ?el gobierno militar? titulábamos ?la dictadura?.

En El Día escribían el intelectual argentino Rodolfo Puiggrós y el periodista también argentino Gregorio Selser. Escribían los uruguayos Daniel Waksman Schinca y Niko Schwarz, la chilena Frida Modak, quien fue jefa de prensa del presidente chileno Salvador Allende, y dos panameños que después fueron colaboradores muy cercanos del general Omar Torrijos: Jorge Turner y Nils Castro. Turner fue coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) y Nils Castro fue posteriormente embajador de Panamá en México. Y en El Día también escribían los bolivianos Marcelo Quiroga Santa Cruz y René Zavaleta Mercado.

El Día fue el diario de los 70. A mediados de los 80, comenzó a decaer. En los 90 se transformó es un ?diario íntimo? y hoy es prácticamente un ?diario clandestino?.

La revista Cuadernos del Tercer Mundo fue creación de un periodista y dirigente político brasileño llamado Neiva Moreira y de su esposa uruguaya, Beatriz Bissio. También editábamos la Guía del Tercer Mundo, que era un almanaque mundial pero con una visión alternativa, lo que hoy llamaríamos ?políticamente incorrecta?. Neiva Moreira fue durante décadas uno de los principales colaboradores de Leonel Brizola, líder histórico del Partido Democrático Trabalhista y uno de los vicepresidentes de la Internacional Socialista, fallecido en 2002.

Y la Federación Latinoamericana de Periodistas, fundada también en ese año 1976 por un gran luchador peruano llamado Genaro Carnero Checa, es una iniciativa que se mantiene hasta hoy con algunos altibajos.

Fue en México donde me enteré que Marcelo Quiroga había nacido en Cochabamba, la tercera ciudad en importancia económica de Bolivia. El nombre viene del dialecto quechua: cucha (lago) y pampa (planicie). Entonces, ?Cuchapampa? se transformó en Cochabamba. El departamento de Cochabamba está ubicado en el centro geográfico de Bolivia, a 2 mil 500 metros de altura sobre el nivel del mar. En esa región atravesada por la Cordillera de los Andes se combinan el frío extremo del altiplano y el calor ardiente de la llanura. Entonces es posible que por esta combinación climática sus habitantes se caractericen por tener la ?cabeza fría? del altiplano y el ?corazón caliente? de la llanura.

No sé si esto es exactamente así, pero me parece una buena metáfora para describir a Marcelo Quiroga Santa Cruz. Una ?cabeza fría? e intelectualmente brillante. Y un ?corazón caliente? que lo impulsó a convertirse en un auténtico luchador social.

Marcelo es autor de la novela Los Deshabitados, publicada en 1957, cuando tenía 26 años, a la que algunos críticos compararon con la obra del escritor francés Albert Camus. La novela fue definida posteriormente como ?una temprana premonición de su vida y muerte?. Los deshabitados es una novela existencialista. Describe una sociedad rural, todavía feudal y también clerical. El trasfondo es la revolución nacionalista instaurada en Bolivia en abril de 1952. El protagonista se debate entre la religión y el anarquismo. Y no es difícil imaginar que quien en esa época se debate entre la religión y el anarquismo es el propio autor.

En 1962, Los Deshabitados recibió el Premio a la Novela Iberoamericana que otorgaba la Fundación William Faulkner. Marcelo fue uno de los mejores escritores bolivianos y el único novelista boliviano galardonado con ese premio. Todo esto se dice fácil, pero cuando publicó esa novela tenía 26 años, la misma edad que tenía yo al llegar a México con sólo una docena de malos artículos escritos.

Por su ?cabeza fría? del altiplano, Marcelo tenía todos los atributos para convertirse en un intelectual notable. Pero le ganó su ?corazón caliente? de la llanura y se dedicó en cuerpo y alma a la política, hasta el último día de su muerte.

A lo largo de su vida, Marcelo Quiroga se formó en Bolivia, en Chile y en México. Estudió Derecho y también se interesó por la filosofía y la literatura. Fue periodista, director del diario El Sol, de La Paz, y diputado nacional. Durante el gobierno de René Barrientos, de 1966 a 1969, a quien René Zavaleta Mercado llamó ?el déspota idiota?, Marcelo Quiroga ya se había definido por el socialismo aunque aún no había fundado el Partido Socialista.

En 1968, Marcelo fue ?marcado? ?como muchos otros en nuestra América? por la guerrilla del comandante Ernesto Che Guevara. En esa época era diputado e impulsó un juicio contra del dictador Barrientos por haber permitido que agentes de la CIA intervinieran en el asesinato del Che. A raíz de esa acción, fue expulsado del Parlamento y confinado en un campo de concentración.

Tras la caída del dictador y el ascenso de la corriente militar patriótica representada por Alfredo Ovando Candia, en 1969-70, Quiroga Santa Cruz fue ministro de Minas y Petróleo. Tuvo un importante papel en la nacionalización de la empresa petrolera texana Gulf Oil en octubre de 1969. Fue una medida que en Bolivia se venía exigiendo desde 50 años atrás. Y fue algo que los estadounidenses nunca le perdonaron.

El primero de mayo de 1971, durante el gobierno popular del general Juan José Torres, fundó el partido Socialista con otros tres compañeros provenientes de otras tres organizaciones políticas. Ese mismo año, el general Hugo Bánzer dio un golpe de estado, el número 200 o algo así y Marcelo se refugió en Argentina, de donde tuvo que salir poco después amenazado de muerte por la Triple A o Alianza Anticomunista Argentina.

A su regreso del exilio mexicano, no recuerdo exactamente en qué año, fundó el Partido Socialista Uno, para diferenciarlo de otros dos que había, y fue su candidato presidencial. El 17 de julio 1980 fue muerto en la Central Obrera Boliviana por paramilitares durante el golpe de los ?cocadólares? encabezado por el narcogeneral Luis García Mesa y el narcocoronel Luis Arce Gómez, quienes derrocaron a la presidenta Lidia Gueiler.

Cuando Marcelo murió, el presidente de Estados Unidos era James Carter. Es decir, Marcelo no se enteró que luego vino el actor republicano Ronald Reagan e inauguró un estilo de dominio mundial que dura hasta hoy.

No se enteró que hubo una llamada guerra de las galaxias que no se libró en la tierra sino por el control del espacio por parte de Estados Unidos y la Unión Soviética. No se enteró del derrumbe de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín. Tampoco se enteró de la primera guerra del Golfo Pérsico, bajo el mandato de George Bush padre. No se enteró del fenómeno de la globalización y el advenimiento de internet.

Y sobre todo, no se enteró que el nuevo emperador del planeta es otro ?déspota idiota?, rápido para destruir Irak a miles de kilómetros pero lento para reconstruir Nueva Orleans después del huracán Katrina.

Y esto me recuerda que debo ir redondeando el tema sobre el que debo hablar, que incluye la defensa de nuestros recursos naturales.

Suramérica vive tiempos en los cuales son necesarios más que nunca hombres como Marcelo Quiroga Santa Cruz. Bolivia es una permanente olla a presión a punto de estallar. La zona andina que comparten Perú y Ecuador es otra permanente olla a presión. En todo el continente hay muchos presidentes, mandatarios y jefes de Estado pero ninguno de ellos puede llamarse estadista, que tenga la estatura que tuvieron el general Perón y el general Lázaro Cárdenas. Es decir, desde mi punto de vista hay un solo, único estadista, que me atrevo a decir que sería del agrado de Marcelo Quiroga. Me refiero al comandante Hugo Chávez, de Venezuela.

Hay iniciativas lentas de unidad, como la creación del Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Comunidad Suramericana de Naciones (nacida en Cuzco, Perú, en diciembre de 2004). Pero son iniciativas lentas que enfrentan a iniciativas rápidas del adversario, del ?enemigo de la humanidad? como decía una estrofa del himno nacional sandinista.

Una de estas iniciativas rápidas es la instalación de una base militar de Estados Unidos en la localidad de Mariscal Estigarribia, en Paraguay, ubicada a 250 kilómetros de Bolivia y a pocos kilómetros de las provincias del norte de Argentina. En una localidad de tres mil habitantes, esa base tiene capacidad de albergue para 16 mil efectivos y cuenta con una pista de aterrizaje para grandes aviones de transporte de tropas.

¿Por qué, qué pasa ahí? ¿Hay guerrillas, hay células terroristas de Al Qaeda? No, hay petróleo, gas y sobre todo agua, mucha agua. Desde allí se pueden controlar las reservas gasíferas y petrolíferas de Bolivia, ubicadas en Tarija, que según algunos informes, es una de las mayores reservas mundiales de gas del mundo.

En segundo lugar, desde esa zona de Paraguay, se pueden desplazar efectivos muy rápidamente a la denominada zona de la Triple Frontera, donde se unen Argentina, Brasil y Paraguay.

Y en tercer lugar, desde esta base montada con la complicidad de lo que alguien llamó ?el socio bribón del Mercosur? se puede monitorear la segunda reserva de agua dulce del planeta, el denominado Acuífero Guaraní. El Acuífero Guaraní se ubica bajo el suelo de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y ocupa un área de alrededor de más de un millón de kilómetros cuadrados. Una superficie mayor que las de España, Portugal y Francia juntas. La reserva es capaz de abastecer al planeta de agua pura por los próximos 200 años.

En contraste, Europa se encuentra en estado crítico. De sus 55 ríos sólo cinco no están contaminados. Y Estados Unidos tiene el 40 por ciento de sus fuentes de agua potable contaminadas. Por eso ya casi es un lugar común decir que las guerras del futuro no serán por el petróleo, el oro o la energía nuclear. Serán guerras por el agua.

Este es más o menos y a vuelo de pájaro el panorama en aquella parte suramericana de nuestra patria grande americana. Ese es el panorama de hoy, cuando Marcelo no está físicamente entre nosotros. Digo físicamente porque de todas maneras hoy está aquí con nosotros, en este momento, y también está allá, siempre, en su Bolivia. Porque viven sus ideas políticas. Y sobre todo porque a 25 años de su muerte aún perdura su admirable ejemplo ético.

En este momento hay una tumba deshabitada que espera guardar los restos del autor de Los Deshabitados. Ojalá sea cierta una profecía aymará que dice que Marcelo retornará como un Pachacuti inca y su alma volverá a habitar en las multitudes que no lo olvidan.




TRAUMA POLÍTICO Y OLVIDO.
HOMENAJE A MARCELO QUIROGA SANTA CRUZ

Mauricio Gil


?lo que podemos esperar de los que vendrán
no es que nos agradezcan por nuestras grandes acciones
sino que se acuerden de nosotros, que fuimos abatidos.

Walter Benjamín


Marcelo Quiroga Santa Cruz es reconocido como uno de los más ?si no el más?importante dirigente político de la izquierda boliviana, pero también como uno de sus mejores novelistas. A pesar de esto, ocurre que a Quiroga Santa Cruz apenas se lo lee y discute. Se le hacen homenajes de vez en cuando, eso sí, aunque no siempre bien intencionados ?porque hasta la derecha le reconoce el haber sido el mejor parlamentario de la segunda mitad del siglo XX, y se apropia de su figura como símbolo de las luchas democráticas en Bolivia, apropiación falsa y deshonesta desde cualquier punto de vista?.

Voy a hacer tres cosas en esta corta charla. Primero presentaré un breve testimonio personal de lectura o, mejor, de mi relación con la obra de Quiroga Santa Cruz. Esto sólo tiene interés como gesto de honestidad intelectual, pero además porque a partir de ello intento pasar de lo personal a lo más colectivo. Finalmente, hablaré de la literatura de Marcelo Quiroga y de sus relaciones con la política.

Cuando Marcelo fue asesinado y desaparecido, 17 de julio de 1980, tenía yo 11 años. A esa edad y siendo de la clase media boliviana, mi interés por la política era exiguo, si no nulo. Sin embargo, recuerdo con claridad la conmoción que la noticia de su asesinato produjo en mi familia. Mis padres habían votado por él en las sucesivas elecciones generales de entonces (1978, 1979, 1980), y lo escuchaban sin falta cuando la televisión transmitía alguna sesión del congreso o alguna entrevista o debate. Esta misma conmoción se podía sentir entre otra gente cercana o en las calles. La desaparición violenta de Quiroga Santa Cruz fue, no cabe duda, un duro golpe para muchos sectores de la sociedad boliviana que veían en él a un hombre de una lucidez y una consecuencia extraordinarias, capaz de liderar una transformación verdadera y profunda del país, y que por ello mismo hacía una diferencia notable con relación a los políticos habituales (de derecha o de izquierda).

Por esta razón y desde entonces se suele decir que los bolivianos hemos quedado huérfanos de Marcelo o que nuestra alma quedó mutilada por su muerte (cito de memoria algunas frases que suelen repetirse). Pero lo cierto es que en una gran medida ha sucedido lo inverso: los bolivianos hemos olvidado a Quiroga Santa Cruz, y pienso que de una manera sintomática, esto es, no casual, con unas implicaciones difíciles de comprender. Sigo un poco con mi testimonio personal, antes de sugerir algunas conjeturas y evidencias más colectivas.

Mis padres ?arquitecto él, maestra de primaria ella? no eran personas politizadas y no lo son tampoco ahora. Parte de los pequeños sectores relativamente ?progresistas? de la clase media que empezaban a politizarse por la convocatoria creciente de Quiroga Santa Cruz, se desmovilizaron y acabaron resignándose al decurso posterior de la política boliviana ?decurso que incluyó la narcodictadura de García Meza, que planeó y ejecutó el asesinato de Quiroga Santa Cruz, el fracaso estrepitoso del frente centroizquierdista de la Unión Democrática y Popular (1982-1984), y el largo reordenamiento neoliberal que le siguió, a partir de 1985, hoy en crisis desde hace un lustro.

Terminando la secundaria decidí estudiar filosofía, en un estado de ánimo que de alguna manera encuentro retratado en la primera novela de Quiroga Santa Cruz, Los deshabitados, escrita en 1957, a sus 26 años. De hecho, fue en esa época que leí por primera vez esa novela. No digo que hubiera decidido estudiar filosofía como consecuencia de su lectura, pero ciertamente me influyó en una forma que no podría determinar claramente. Eran mediados de los años 80, en pleno inicio de las reformas neoliberales, y apenas terminada la experiencia del fracaso estrepitoso de la izquierda populista.

Por ese entonces tenía yo un claro interés teórico por el marxismo y un vago interés político por el socialismo. Terminando la licenciatura, estos intereses personales me llevaron a escribir una tesis en filosofía sobre la obra del que es, junto con Quiroga Santa Cruz, el teórico político más importante de la izquierda boliviana, René Zavaleta Mercado ?que, dicho sea de paso, también fue acogido aquí en México y escribió lo más importante de su obra estando en este país generoso?. Dediqué a ese trabajo (la tesis sobre Zavaleta) un esfuerzo considerable, con los límites propios de la edad y la formación de alguien que termina una licenciatura. Mientras tanto, apenas leí algo de Marcelo Quiroga, casi nada diría ahora, a pesar de que por entonces, comienzos de los años 90, se editaba su segunda, póstuma e inacabada novela, Otra vez marzo (1990). De todo ello, surge claramente para mí una pregunta: ¿por qué mientras leía fervorosamente la obra de Zavaleta Mercado apenas me interesaba por la de Quiroga Santa Cruz? No lo sé bien, pero un indicio de respuesta es que, mientras la de Zavaleta es una obra teórica sobre todo, la de Marcelo Quiroga es fundamentalmente política, y no sólo su producción periodística y de ensayo económico-político, sino su literatura y en especial su segunda y ?ya puedo adelantar? magnífica novela.

Bien. La cosa es que el olvido de Quiroga Santa Cruz y el descuido de su obra no es un asunto meramente personal ?pues entonces no merecería la pena traerlo a colación?, es realmente un fenómeno colectivo. Por supuesto que esta es solamente una conjetura, y una conjetura que vale en especial para los sectores letrados de la cultura boliviana ?tanto de la política como de la literatura y de la academia?. No he realizado una investigación sistemática al respecto, pero tengo una fuerte impresión de que así es. Por ahora me limito al campo de la literatura, que aparentemente sería el más inofensivo en términos políticos, aunque quién sabe.
La cosa es que también en este campo Quiroga Santa Cruz ha sido olvidado, o casi olvidado. Porque la primera novela, Los deshabitados, se lee y relee ?aunque esto es un decir, porque en Bolivia se lee muy poco y se relee menos aún, pero siquiera tiene varias ediciones y es parte de los programas oficiales de la enseñanza secundaria?. Por otra parte, los críticos le han prestado relativa atención, y los que hacen homenajes superficiales siempre la mencionan y la glosan. Mientras tanto, sobre Otra vez marzo se dice muy poco, casi nada. En efecto, salvo el riguroso trabajo de edición anotada y comentada que realizó sobre los materiales disponibles uno de los más reputados críticos literarios de Bolivia, Luis H. Antezana, y el prólogo que acompaña a esa primera y única edición, firmado por otro importante crítico boliviano, Oscar Rivera Rodas, se ha escrito muy poco más. Lo cual es muy extraño, porque ciertamente Otra vez marzo es, con mucho, muy superior a Los deshabitados, a pesar de ser novela inconclusa y póstuma, interrumpida en pleno proceso de elaboración por el asesinato y desaparición de su autor. La conjetura que tengo en relación a ello es también política, y en lo que sigue trataré de hacerla más explícita.

Aunque desde muy joven Quiroga Santa Cruz tuvo una doble vocación, literaria y política a la vez, en más de un sentido problemática pero también fecunda ?como él mismo lo hizo saber?, la primera novela, Los deshabitados, es claramente menos política que la segunda, y hasta se diría que no lo es, al menos en un sentido profundo. Se puede hacer una lectura política de ella, ciertamente, pero este es otro asunto. Y no es porque el Quiroga Santa Cruz de entonces (fines de la década de los 60) no tuviera intereses políticos. Al contrario, los tenía y muy fuertes, prueba de lo cual es ese conjunto de artículos periodísticos que por su calidad acabó publicándose como un pequeño opúsculo bajo el título de La victoria de abril sobre la nación (1960 [1964]).
Las relaciones entre este texto político y la primera novela no se han esclarecido aún de manera suficiente, porque la crítica más bien ha producido comentarios sobre cada uno por separado. El primero, el texto político, es una fuerte crítica de los logros de la llamada ?revolución nacional? de 1952, y aunque está formulado como una posición exclusivamente personal (en un momento en el que, según ese Quiroga Santa Cruz, ?nadie representa a nadie?, y en el que, por lo tanto, no es impertinente ?que alguien resuelva y asuma la representación de sí mismo?), esa posición personal resulta conservadora, pues desconocía u ocultaba, consciente o inconscientemente, aspectos fundamentales de la realidad y de la historia del país. No puedo entrar en detalles, pero queda pendiente un análisis riguroso de este texto y sus implicaciones, cosa que no se ha hecho hasta ahora que yo sepa.

De cualquier forma, Los deshabitados (escrita tres años antes) no es una versión literaria de ese ensayo político, como La victoria de abril sobre la nación no es tampoco la explicitación política de la novela. Entre otras cosas porque, ya desde esa época, Quiroga Santa Cruz tenía una muy clara concepción de la autonomía literaria, como se puede constatar en una conferencia que dictó por esos años, poco después de recibir el premio William Faulkner de narrativa iberoamericana a la mejor novela boliviana publicada desde la Segunda Guerra Mundial. En esa conferencia titulada ?El proceso de la creación literaria? (1963), Quiroga Santa Cruz explicaba con claridad su convicción de que la literatura tiene una finalidad estética, y que cuando se propone exponer ideas habitualmente traiciona esa finalidad y fracasa en el plano artístico.

En la misma conferencia, Quiroga Santa Cruz argumentaba que había dos formas válidas de hacer esto: a través de la narración de grandes acciones externas o a través de la narración de complejos estados de conciencia internos ?que él ejemplificaba en las obras de Hemingway y de Proust, respectivamente, haciendo saber, al decir esto, que su propia novela sigue la línea Proust y no la línea Hemingway.

En efecto, Los deshabitados, como se lo ha hecho notar ya varias veces, es una novela en la que apenas ocurren acciones, y en cambio se exponen al lector conciencias que revelan su modo de percibir el mundo, a los otros y a sí mismos, con un detalle y una precisión notables ?usando, además, recursos propios de la novela más contemporánea, como el monólogo interior, sobre todo el indirecto, mientras que las mismas secuencias que siguen los métodos convencionales de narración y descripción en tercera persona están escritas en función de la conciencia interna (valga la redundancia) de los personajes?. Y esto es lo que la crítica ha subrayado sobre todo, la renovación temática y lingüística que significó en la narrativa boliviana, hasta entonces atrapada en un realismo naturalista a veces bastante ingenuo.

En lo que hace a los aspectos de contenido ?por decirlo así, aunque se sabe que en literatura la forma es el contenido, según expresión del propio Quiroga Santa Cruz?, la crítica ha subrayado el carácter angustioso del mundo de la novela, un mundo donde primarían la soledad, la incomunicación y el absurdo. Las lecturas más políticas, siguiendo en esto algunas indicaciones posteriores del propio autor, han hecho notar que todos los personajes pertenecen a lo que se llama clase media, y que la novela expresa en este sentido los estados de ánimo y el destino histórico de esta clase.

Hay algo de cierto en todo eso, pero pienso que Los deshabitados debe ser releída, y releída, entre otras cosas, desde la segunda novela o en comparación con ella. Desde esta perspectiva, sospecho que se concluiría que Los deshabitados ha sido sobrestimada. Es una buena novela, ciertamente, y seguro significó una renovación de la narrativa boliviana de entonces, pero Otra vez marzo es claramente superior, y en muchos sentidos. Los deshabitados sabe todavía a un ejercicio literario, más o menos logrado; en Otra vez marzo se puede asistir, en cambio, a esa cercanía entre vida y literatura que pocas obras alcanzan, como Pedro Páramo, por ejemplo ?y al decir esto sé que aventuro una afirmación arriesgada, pero así lo pienso, porque además no lo hago desde una perspectiva de jerarquías literarias, siempre discutibles (y al respecto sé que Pedro Páramo es considerada una de las obras maestras de la literatura universal del siglo XX, por lectores tan experimentados como Jorge Luis Borges o Susan Sontag), sino desde la perspectiva de cierto parentesco en la manera de ejercer el trabajo literario?.

No pretendo hacer una comparación entre Pedro Páramo y Otra vez marzo, porque por lo demás son novelas notoriamente diferentes entre sí. Pero tienen cierto aire de familia y comparten ciertas influencias, entre otras las de lo que se llamó alguna vez la ?novela de la corriente de la conciencia?, cuyos grandes maestros son William Faulkner, James Joyce y Virginia Woolf. En el caso de Quiroga Santa Cruz, estas influencias se pueden percibir ya en Los deshabitados, pero sólo parcialmente y de un modo que puede considerarse un poco mecánico; sólo en Otra vez marzo alcanzan una madurez y una audacia narrativas con personalidad propia.

Como las más audaces novelas de la corriente de la conciencia, Otra vez marzo está plagada de discontinuidades, de saltos narrativos, de voces entremezcladas y confundidas en un mismo tiempo presente. Como en las más audaces novelas de la corriente de la conciencia, esta complejidad e incoherencia aparente se hacen legibles gracias a ciertos recursos que dan algún orden formal a la narración, y que proveen al lector de pistas para no perderse y disfrutar del caos del fluir de la conciencia de los personajes. Uno de esos recursos es la simplificación de las unidades de tiempo, lugar, personajes y acción. Ulises, de Joyce, por ejemplo, se desarrolla en un solo día y en una sola ciudad; esa ciudad es Dublín y todo lo que ocurre en ese día aparece descrito desde los puntos de vista de únicamente tres personajes. Otra vez marzo ocurre también en un espacio acotado y en unos pocos días y en la mente de unos cuantos personajes (¿tres?).

Otro recurso de este tipo es el de motivos recurrentes o leitmotiv, esto es, motivos que guían. En la literatura de la corriente de la conciencia estos motivos son preponderantemente imágenes, símbolos o palabras-frase que se repiten. En Otra vez marzo estos leitmotiv son varios. Como realidades-símbolo están el estiércol y la sangre, que de hecho organizan la narración en sus grandes títulos, y generan la atmósfera excrementicia y sanguínea de la novela (Rivera Rodas). También palabras-frase, como la relativa al estiércol, precisamente, con que comienza la novela y que se reitera varias veces (?Generalmente verde; alguna vez pardo; rara vez ceniciento; jamás rojo. Pero eso sí, siempre imprevisto?). Pero asimismo imágenes-secuencia, sobre todo las del accidente de José (capitán de ejército, tuerto a causa del mismo), que se asocian a la masacre de los mineros ?nunca descrita directamente, pero ubicua, siempre presente en su ausencia?, y las de riña de gallos o su preparativo en la miserable gallera en que José entrena a los animales, que hacen de reiterada metáfora de la condición social narrada, personal y colectiva.

Y con esta referencia al motivo recurrente de la masacre minera termino esta charla, porque efectivamente conecta el pasado y el presente, no sólo en la novela de Marcelo Quiroga, sino en la historia boliviana como dramáticamente atestiguan las masacres de 2003. Y con esto también termino de hacer explícita mi conjetura: a Marcelo Quiroga Santa Cruz lo hemos olvidado porque su memoria tiene un núcleo traumático que había que olvidar, ?reprimir? rápidamente ?como ahora se pretende olvidar a los muertos de las masacres recientes?. Este núcleo traumático es político, y por eso algunos preferíamos leer a Zavaleta sin leer a Quiroga Santa Cruz, o preferíamos leer Los deshabitados y no así Otra vez marzo. En este sentido, la memoria de Quiroga Santa Cruz no es anecdótica o de aniversario, es efectivamente un lugar y un instrumento para conectar el pasado y el presente de las luchas por la democracia y el socialismo en Bolivia ?y con ?instrumento? me refiero a la función que puede cumplir hoy la lectura de libros como El saqueo de Bolivia, Oleocracia o patria o Hablemos de los que mueren?





HOMENAJE A MARCELO QUIROGA SANTA CRUZ (1931-1980)

Ana María Rivadeo


Hace 25 años, el 17 de julio de 1980, Marcelo fue secuestrado en la sede de la Central Obrera Boliviana. Convertido en un desaparecido del terrorismo de Estado de los regímenes dictatoriales del Cono sur de la época, habría sido torturado, descuartizado e incinerado bajo el asfalto de la avenida de Los Leones.

Diputado interpelante del dictador René Barrientos y la intervención de la CIA en el asesinato del Che Guevara; nacionalizador del petróleo como Ministro de Minas en 1969; pensador incansable de lo nacional en su obra teórica en torno a los recursos nacionales bolivianos ?El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1977)-; exiliado en Argentina y México; maestro universitario; asesinado; desaparecido, Marcelo vuelve a convocarnos hoy aquí, como presencia imprescindible, a esta otra hora de la larga lucha del pueblo boliviano por la nación y la democracia.

Porque la confrontación en carne viva de la Bolivia de hoy condensa esas dos tensiones estratégicas que articulan tanto la vida de Marcelo Quiroga Santa Cruz como la de nuestros pueblos latinoamericanos a lo largo de su historia. Esto es, la pugna por la recuperación del territorio como fundamento indispensable de la comunidad nacional, y la lucha por la democracia en cuanto construcción y ejercicio de la voluntad popular en la toma de las decisiones políticas. Esas luchas que desde muy atrás nos fundan y nos heredan a Marcelo desde nuestro porvenir, porque para las clases y grupos subalternos su historia no es sino la historia de sus luchas.

No al despojo del territorio y la memoria, que amenaza con instituir el pánico colectivo en el único vínculo social disponible. No a la ficción de democracia, que acaba en la masacre o en la mesa de torturas. No al secuestro de la posibilidad, defendida a pulso, de una comunidad humana digna, libre y justa. Estos son algunos de los ¡no! con que el pueblo boliviano inauguró el siglo XXI, a lo largo de un quinquenio de insurrecciones ininterrumpidas desde la ?guerra del agua? en 2001. La empresa Bechtel, con sede en California, había recibido por cuarenta años la concesión de toda el agua de Cochabamba, incluida el agua de las lluvias. Una vez instalada, triplicó las tarifas. El pueblo boliviano autoorganizado la obligó a irse ?para consuelo de Bechtel, hay que agregar, Bush le otorgó el agua de Irak cuya aniquilación, a la vista de esto, no sólo es producto de su fabulosa riqueza petrolera sino también de que, regado por el Eufrates y el Tigris, es la más rica fuente de agua dulce de Medio Oriente-

La conquista de la formalidad democrática tuvo un elevado costo en luchas, tiempo y sacrificio para las organizaciones sindicales y populares bolivianas a lo largo los años 70, en la resistencia a los reiterados golpes militares en La Paz y El Alto ?donde la composición étnica indígena es mayor-, y en las minas durante el régimen de García Meza. Pero, al mismo tiempo, en esas luchas fue constituyéndose una densidad, una coherencia y una fuerza populares sin parangón en nuestro continente, que se expresa no sólo en la inédita combinación entre luchas obreras, campesinas, indígenas y urbano populares, sino esencialmente en la articulación entre la dirección ideológico política y el control del territorio. Por eso, la protesta social boliviana cuida la democracia como una conquista histórica y un proyecto propios. Pero al mismo tiempo, desde la fuerza de su organización, levanta reivindicaciones vitales básicas contra la demolición social producto de 20 años de políticas neoliberales: dos terceras partes de la población boliviana sobrevive hoy con menos de 2 dólares diarios.

En tales condiciones, el desencadenamiento de la crisis actual puede remontarse al ?impuestazo? de 12.5 % a los salarios decretado en febrero de 2003. Orientado a descargar sobre la población la reducción del déficit fiscal exigida por el FMI, esa medida desata enérgicas resistencias populares. El presidente ordena al ejército la masacre, otra vez en El Alto, y anuncia su decisión de aniquilar las protestas a balazos, comenzar a gobernar mediante decretos directos, y vender el gas boliviano a empresas trasnacionales . La confrontación estratégica con el pueblo boliviano estaba lanzada, y apuntaba directo al corazón: a la democracia y el territorio. La ?guerra por el gas? había comenzado. Era Octubre de 2003. Las luchas populares sacarían de madre a los poderes dominantes, y el Goni acabaría por huir. Esos poderes habían sido derrotados temporalmente, abriendo un proceso de confrontaciones que llega hasta hoy, en el que la crisis del capitalismo neoliberal es tan grande como la fuerza material y simbólica de la insurrección y las organizaciones populares que lo asedian. A partir de ese momento, las luchas populares se unifican e instituyen en torno a aquellas dos matrices articuladas, territorio y democracia, y se anudan en la reivindicación de una refundación popular democrática de la nación boliviana.

La pugna por el territorio, compleja y densa, enlaza aquí la lucha por el espacio y por el tiempo de la comunidad nacional. Como sabemos, lejos de todo carácter natural o esencial, el espacio y el tiempo sociales constituyen construcciones políticas colectivas. El lugar de la nación no es sino la historización de un espacio, así como la historia nacional no otra cosa que una espacialización de la memoria. Al punto que la nación moderna misma puede definirse por ese complejo cruce entre historia y espacio, que hace de ella una campo siempre abierto, vivo, complejo e inestable, irreductible a alguna de las configuraciones específicas en que corporiza como correlación de fuerzas en el Estado. Como tal, la nación es siempre, por ello, un campo de luchas.

La pugna por el territorio condensa así en Bolivia todas las luchas materiales y culturales por el alzamiento de una comunidad nacional otra frente al Estado-nación neoliberal. La defensa de los bienes naturales es la defensa de las condiciones objetivas y subjetivas básicas de la vida colectiva: del agua, los bosques, la coca y la tierra. Pero también acuerpa la defensa de una historia: la tierra materializa la memoria, todo el pasado y todos sus muertos, desde las luchas indígenas anticoloniales, pasando por las antiimperialistas y antidictatoriales, hasta las del genocidio económico y las masacres neoliberales. Y algo más: la tierra también corporiza la defensa de la historia como futuro de una comunidad nacional alternativa, en cuanto incluye en el presente colectivo a las generaciones aún por venir. De ahí que la lucha popular nacional por el territorio como cruce entre espacio e historia ubique su matriz política hoy en la reivindicación de una industrialización propia del gas -a contracorriente del modelo primario extractivo-, y en la re-nacionalización de los hidrocarburos privatizados por las políticas neoliberales.

No obstante, al mismo tiempo, es claro que ese proyecto nacional alternativo es indisociable de una torsión democrática de fondo, capaz de conferir poder a la voluntad popular, y por ende a la democracia. En las actuales relaciones de fuerza, la puerta de entrada a ese proceso se ubica hoy en la materialización de las elecciones de diciembre, y en la convocatoria de una Asamblea Constituyente como vía de un proceso de refundación de una nación boliviana soberana, popular, democrática, plural, incluyente, y multicultural. Por todo eso hoy en El Alto, quizás a esta hora, los muertos de la guerra por el gas, exhumados de sus sepulturas, están marchando en hombros de sus vivos y de los aún no nacidos, como Marcelo entre nosotros, en la lucha por unas elecciones que los poderes des-democratizadores de la democracia neoliberal se empeñan en volatilizar.

Las luchas populares por la democracia y la nación en la Bolivia de hoy ponen de manifiesto para todos nuestros pueblos, por una parte, la magnitud de las transformaciones inducidas por el capitalismo neoliberal en el plano económico-social, en el Estado-nación y en la democracia. Pero exponen también, de otra parte, hasta qué punto la democracia y la nación resultan irreductibles a sus capturas neoliberales, por profundas y extendidas que sean aquellas transformaciones. Esto es, irreductibles a medios para combatir a los ?otros?, o a mecanismos para administrar el terror, la explotación, el desprecio y el fratricidio. En esta línea, las multiplicadas luchas democráticas de las clases y grupos subalternos y excluidos ponen de manifiesto, de modo radical y perentorio, la necesidad de reformular una teoría y una política democráticas en las condiciones de las nuevas configuraciones de lo nacional estatal y lo mundial.

Uno de los rasgos sobresalientes que destacan esas luchas es el de que, sin duda, ellas no pueden limitarse a una vinculación sin más con las instituciones liberal democráticas vigentes, o a un mero reforzamiento de éstas. En lo fundamental, una política democrática efectiva está obligada hoy a un emplazamiento independiente del aparato estatal y de las instituciones establecidas de la democracia neoliberal. Y sin embargo, al mismo tiempo, tampoco pueden colocarse en los términos de una contraposición abstracta entre sociedad civil y Estado, toda vez que ésta constituye una fortaleza decisiva del poder mismo del Estado. Así, es cierto que las transformaciones democráticas dependen de la construcción y el fortalecimiento de estructuras sociales independientes del Estado en sentido estricto. Pero también lo es que la democracia depende de un desarrollo de esas construcciones del poder social en un sentido contrapuesto a las condiciones sociales existentes. Las transformaciones democráticas no se siguen del mero despliegue de la sociedad civil existente, sino que involucran luchas y conflictos orientados a su propia transformación, en cuanto ésta es una condición de la transformación de los aparatos estatales, del estado y la política misma.

La prioridad política de esta autotransformación social democrática se enlaza a las múltiples fracturas existentes hoy entre los aparatos políticos y las mayorías sociales, producidas por el capitalismo global y el Estado neoliberal. Esas fracturas exponen el vaciamiento actual de la política y de la democracia, pero también dan cuenta de una forma hoy dominante del ejercicio estatal de la política, consistente en el rechazo sistemático de los conflictos sociales fuera de la esfera de los aparatos políticos, y su apilamiento como conflictos irresolubles y masivos. Aparejada a la fragmentación y la exclusión social generalizadas, esta forma de la política neoliberal intensifica las divisiones de la sociedad entre sectores ?modernos? y ?periféricos?, produciendo nuevas modalidades del emplazamiento de los conflictos sociales. Los conflictos sociales son hoy, más que nunca, producto del contexto de la explotación capitalista. Pero, simultáneamente, no se expresan en los marcos clasistas tradicionales ?que cubrieron el último siglo y medio del desarrollo capitalista y de las luchas anticapitalistas, en especial las socialistas. En cuanto esos conflictos tampoco encuentran cauce dentro del sistema actual de aparatos políticos, el resultado es una inédita recondensación de los conflictos propios de la explotación capitalista en las nuevas condiciones abiertas por el capitalismo neoliberal. Y son justamente estas recondensaciones las que hoy promueven nuevas formas de la lucha de las clases y los grupos sociales, nutren las categorías generales de sociedad civil, movimientos sociales, organizaciones y redes autónomas, y reclaman una redefinición de lo político, la política y la democracia.

De este modo, lejos de la defunción de sus sujetos o sus significados, lo que se produce es una inmensa expansión de las luchas sociales y políticas, de sus formas, sujetos y programas. Ello abre un horizonte radicalmente nuevo, centrado en una pugna radical por la democracia como proyecto de largo alcance, orientado a la reconformación de lo social, lo político y la política. Ese horizonte se nutre, por una parte, de luchas marcadas por la derrota y la disgregación de las constelaciones obreras precedentes. Y por otra, de la peculiaridad de los nuevos movimientos que nacen de la condensación actual entre el universalismo y las viejas y nuevas fragmentaciones. Todas estas luchas confluyen en el ancho cauce de una redefinición de la democracia, concentrada en torno a la autogestión social de la política. Esta elaboración emergente pugna por un desciframiento de la política y de la democracia alternativo al ciframiento tecnocrático y oligárquico propio de los poderes dominantes. Y perfila, de ese modo, una contraofensiva social de largo aliento, tan epocal como los propios procesos abiertos por la globalización capitalista neoliberal. Como luchas por la ciudadanía, lo público, la igualdad, las diferencias, la libertad, la autonomía y la justicia, ellas trazan nuevos ámbito y modalidades de la universalidad, la particularidad y el pluralismo que desbordan las elaboraciones previas de lo nacional, lo popular y la democracia.

Las luchas democrático nacionales actuales defienden lo nacional-popular producido hasta los años 70, pero lo enlaza a la demanda de una indispensable reconfiguración de la política. Esta reconfiguración se nuclea en torno a una nueva construcción democrática de lo humano-social, puesto en peligro desde su base por el capitalismo neoliberal dominante. La defensa de las condensaciones nacional populares precedentes tiene hoy, por eso, un sentido civilizatorio de largo alcance histórico, y al mismo tiempo una significación muy precisa: resguardar las formas materiales e ideales de la presencia popular en el cuerpo social, económico, jurídico, político y cultural. Esto es, preservar y heredar lo que la nación y la democracia llegaron a ser y a esbozar históricamente para las clases y los grupos subalternos. En violenta confrontación con las reconversiones capitalistas neoliberales, y en sus entrelazamientos múltiples, esas luchas adquieren hoy, por tanto, el carácter de un desafío político estratégico. Se trata de dislocar el proyecto de liquidación de toda posibilidad de otra historia que no sea la del poder, que es hoy propio del bloque dominante. Por eso, en su desenvolvimiento, esas luchas perfilan una disputa contrahegemónica por el terreno y la textura de la democracia y la nación. Y de su desenlace depende hoy, en sentido fuerte, la supervivencia misma de la democracia y la nación.

Pero dislocar el proyecto de liquidación de toda historia otra que la del poder no es algo que pueda producirse hoy en el plano exclusivo de las luchas democráticas nacionales. De ahí que estas luchas, más directamente que nunca antes, se enlacen a la necesidad de una mundialización alternativa y, por ende, a la superación de los particularismos y nacionalismos excluyentes, dentro y fuera de los estados nación existentes. En esta línea, la cuestión nacional se configura como el proyecto expansivo de una democracia y una patria grande y con todos. Esta patria recupera, resignifica, simboliza y amarra las formas y los contenidos de lo democrático popular producido a lo largo de toda la historia de los grupos subalternos. Y contrasta a la que, como espacio e historia de los poderes dominantes, se objetiva hoy en las ?patrias? financieras del capital trasnacional en los planos nacional y global.

En esa patria grande y con todos, la dinámica de la democracia apunta a adquirir un carácter expansivo tal que la habilite para desbordar todas las demarcaciones excluyentes. Sólo esa dinámica permitiría rehusar todo cierre particularista en la definición de lo nacional o lo mundial, cierre sobre el que se alzan todos los nacionalismos y globalismos neoliberales ?el imperialismo y la recolonización. En esa patria como proyecto y como lucha se articula y organiza ya hoy, como nos lo muestra el pueblo boliviano, una nueva identidad democrática de la nación en la que despuntan, al mismo tiempo que una nación otra, otro mundo posible. Esos en los que, como dicen los zapatistas en México, caben todos los mundos.




EL OCULTAMIENTO POLÍTICO DE LA HISTORIA

Hugo Rodas Morales


Compartir, dijo una vez, te devuelve el sentido de realidad. Él creía que los perdedores eran amados sin saberlo, y que en esa ignorancia había algo más sagrado que en cualquier otra cosa sobre la tierra.

John Berger (sobre Andrei Platonov)


Debo comenzar por agradecer a las entidades de la UNAM que auspician el presente evento referido a la historia política de Bolivia: la Facultad de Economía, la de Estudios Superiores de Acatlán (Estado de México) y el Posgrado en Estudios Latinoamericanos, así como la presencia de los distinguidos académicos y personalidades que nos acompañan el día de hoy. Además de participar en la organización de estas jornadas, colaborado por varios otros compañeros, me propongo poner a consideración de Uds., algunas de las ideas y acciones del socialismo posible vislumbrado por Marcelo Quiroga Santa Cruz.
Uds. han podido observar en la semblanza de Marcelo (Quiroga Santa Cruz) con que iniciamos la jornada del día de hoy, aseveraciones sobre la historia boliviana que realizara el ex periodista y ex presidente Carlos Mesa. Pero lo que resulta invisible en este documental (?Marcelo?, 1990) son los datos que nos permitirían comprender lo que Quiroga Santa Cruz llamaba, en un lenguaje de la época, ?la verdad histórica?. Estos datos están escamoteados, lo que no es casual.

No me refiero a la claudicación ideológica de muchos de los dirigentes políticos de la ex izquierda que aparecen, en particular del MIR de Jaime Paz Zamora, a cuya sigla incluso miembros suyos le restan verosimilitud (ver Ramón Rocha Monroy en www.bolpress.com). Más bien aludo a la postura determinantemente conservadora del narrador, Carlos Mesa, que llamaba ?democrático? al candidato histórico del MNR, Paz Estenssoro, por esos años ex aliado principal del golpe militar de Banzer. Postura reafirmada después, como vicepresidente de Sánchez de Lozada, en un gobierno de coalición con aquellos partidos que anteriormente Mesa denostara por su corrupción, cómplices además de las masacres entre los años 2002 y 2003. Mesa continuó, como titular del Ejecutivo, con la misma política-económica neoliberal, actuando como intermediario y defensor subordinado de las transnacionales que explotan el gas boliviano. Aun más allá de lo indicado, porque la verdad histórica a la que me refiero es transpersonal, está el hecho de que la supuesta admiración que se declara discursivamente a favor de una práctica política consecuente con ciertos principios, que efectivamente ejercitó Quiroga Santa Cruz, sirve al ocultamiento de la singularidad de ese tipo de política.

Un ejemplo bastará para advertir cómo las formas de deshonestidad política que Quiroga Santa Cruz denunciara, continuaron en el tiempo. Después de la nacionalización de la Gulf Oil Co. (1969), Marcelo Quiroga Santa Cruz debió enfrentar una verdad política distinta a la antiimperialista, en el gobierno del Gral. Ovando: cuando en el documental de Mesa/Espinosa se sugiere que Marcelo Quiroga Santa Cruz renunció al Ministerio de Minas y Petróleo por desacuerdos con otro funcionario, en realidad se oculta una cuestión de principio explicitada públicamente en su momento (1970): ?Se ha tratado de reducir el problema de mi renuncia a una disputa personal, que no ha existido (...). La ratificación del Cnel. Patiño dio lugar una discusión en el seno del gobierno, porque violaba la Ley de Bases (...). No podía continuar en un gobierno que había aprobado la Reforma Administrativa para, posteriormente desconocerla?. Un cuarto de siglo después (2005) su hija María Soledad Quiroga, renuncia a su cargo como ministra de Educación, señalando al gobierno de Mesa por continuar ciertas prácticas que en su opinión, aunque sin precisarlas, debieran ?desterrarse de la política?, recibiendo una destemplada como indirecta respuesta oficial.

Es que, superando la anécdota, habiendo transcurrido un cuarto de siglo desde que Marcelo Quiroga Santa Cruz fuera asesinado y desaparecido en 1980, lo que no ha cambiado en Bolivia es el sistema de poder, oligárquico y subordinado a políticas de explotación neocoloniales. Después de casi el mismo periodo de tiempo de continuidad democrática y superación formal de la dictadura militar que abarcó gran parte de las décadas sesenta y setenta (generales Barrientos a Banzer) muchas cosas han cambiado, salvo el sistema de poder cuya dominación, cuando entra en crisis, sigue una tendencia sociológica recurrente: a la extensa movilización social y popular ?lo que en Bolivia significa cada vez más indígena? la pequeña oligarquía prohispana y las elites regionales oponen una mayor versatilidad, transitando de formas embozadamente constitucionalistas a la masacre o hacia núcleos fascistas como los del oriente. Las clases dominantes en Bolivia sobreviven a una realidad social que detestan, mientras subordinan al país a determinaciones externas euro-estadounidenses.

A veintitrés años de constitucionalización de los poderes del Estado en Bolivia, su Estado y economía nacionales sólo pueden calificarse como tales de manera eufemística. La explicación de este absurdo por el que remontando cerca de dieciocho años de dictaduras militares (de 1964 a 1982, salvo 1969-1970) y después de un periodo democrático de mayor duración, se arriba a la una crisis económica, social y política mayor, tiene una explicación histórica incontrovertible que recorre la desconocida obra de Quiroga Santa Cruz: la imposibilidad objetiva del sistema capitalista para encontrar formas de dominación que reformen la estructura de desigualdad y la cada más dramática situación socio-económica de la existencia republicana de Bolivia. Hace algunos años el desempleo superó el 10% y hoy al menos seis de cada diez bolivianos desearían vivir fuera del país; de hecho cerca de una quinta parte de la población se encuentra en el exterior, sobre todo en la vecina Argentina, como mano de obra sujeta a precarias condiciones de sobrevivencia y sometida a inadmisibles relaciones de servidumbre.

Veamos pues cómo el sistema de poder neocolonial persiste, trastocándose en un olvido conveniente sobre las causas e historia de la actualmente inmanejable crisis social y sus consecuencias sobre el Estado. El lugar histórico de Marcelo Quiroga Santa Cruz resulta esclarecedor; habiéndose iniciado políticamente como opositor a la dictadura del MNR en su expresión militar (el golpe militar del Gral. Barrientos en 1964) sus ideas y práctica política distintas sólo pudieron eludirse con su asesinato, durante la instalación del gobierno neobanzerista del Gral. García Meza (1980), dieciséis años después y por un golpe militar cuyo objetivo era liquidar una política de socialismo posible para forzar el realineamiento de las fuerzas políticas de entonces, en favor de intereses subalternos de clase no resueltos por la vía civil y constitucional. Así, la constitucionalización de los poderes del Estado en 1982 perpetúa simbólicamente la impunidad este asesinato, como un secreto de Estado por el que las instituciones militar y policial actuantes en el gobierno durante décadas se autoeximen del juicio histórico, una simulación que desconoce y viola la función que constitucionalmente les corresponde a ambas instituciones. Así también el imposible enjuiciamiento de los funcionarios (civiles o militares-policiales) responsables de masacres en democracia durante este cuarto de siglo de régimen neoliberal.

En el periodo de dictaduras militares (1960-1970) Marcelo Quiroga Santa Cruz sufrió desafuero parlamentario, persecución política y atentados con bomba en su domicilio, secuestro y confinamiento en Bolivia, después exilio y nuevos intentos de secuestro por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, organismo paramilitar de derecha operante bajo el Plan Cóndor en el cono sur latinoamericano9. Después de herido, torturado y desaparecido (1980), el nombre de Quiroga Santa Cruz sobrevivió en el periodo democrático para designar la medalla al Mérito Democrático, máxima distinción que concede el parlamento boliviano y que se otorgó, entre otros, a ex funcionarios de Estado del Gral. Barrientos cuestionados en el desempeño de sus funciones públicas por el propio Quiroga Santa Cruz. Otorgada también a las mismas Fuerzas Armadas encargadas de desaparecer al titular de la distinción indicada. Altos dirigentes políticos del MIR desde el parlamento (como Luis Vásquez) ejecutaron este agravio a los propios restos del líder socialista, nunca devueltos a sus familiares. Ni siquiera la tumba del Ché mereció tal silencio pactado por parte de las expresiones político-partidarias neoliberales.

Ni uno solo de los funcionarios públicos acusados por Quiroga Santa Cruz en el juicio de responsabilidades a la dictadura de Banzer recibió sanción alguna; ninguno de los militares, policías o paramilitares que comprobadamente asesinaron y torturaron a muchos ciudadanos bolivianos, notablemente oficiales argentinos muchos de ellos, o alemanes e italianos de franca ideología fascista, fue juzgado por el asesinato de Quiroga Santa Cruz. Al contrario, Banzer y ex funcionarios del militarismo barrientista de los sesenta alcanzaron ?democráticamente? la presidencia de la república en 1997; el Gral. García Meza cumple condena pero por otros delitos, sin que se le impida desplazarse o mantenerse irregularmente en hospitales militares cuando conviene al caso. A lo dicho se suma el trato a la familia de Quiroga Santa Cruz, sujeta a especulativas búsquedas de restos sin que hasta hoy hubiera mediado explicación oficial alguna sobre el destino final de éstos, como no sea bajo el modo extraoficial de sensacionalistas relatos de responsabilidad finalmente anónima como el recientemente publicado por el Gral. José Antonio Gil: ?Con la llanta pinchada. Novela sobre la Guerra del Agua y otras estupideces?, del 2005.

¿Cómo explicar todos estos agravios en democracia sin apelar a un derrumbe interno o moral? ¿Con qué palabras que no se conviertan en piedras desde la conciencia? ?como las que por ejemplo pronunciara públicamente Rulfo, tan poco dado a ello, indignado por el crimen contra ?el gran humanista pero sobre todo, amigo? como dijera alguna vez al propio Quiroga Santa Cruz. Pienso que las explicaciones se encuentran en la propia obra de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y en las formas tranquilizadoras pero mezquinas del olvido: poses declamativas, grandilocuentes palabras y declarados deseos irrealizables. Así por ejemplo, algunos periodistas (como Andrés Solíz Rada o Wilson García Mérida) recordaban en este año a Marcelo Quiroga Santa Cruz, no como el crítico de la izquierda complaciente con la política de derecha proimperialista del MNR desde antes de los setenta, sino como el supuestamente ingenuo aliado del jefe histórico del MNR, Paz Estenssoro en la defensa de la democracia; o retóricamente y en palabras fáciles, como aquél al que además de una ?tumba deshabitada?, todavía y después de todo, se le había negado el derecho a ?una cristiana sepultura?.

No llegarían a caber en esta descripción somera, las tantas sombras que ex militantes del Partido Socialista-1, del que Quiroga Santa Cruz fuera su Primer Secretario, añaden intencionada o distraídamente de manera pública, a la incómoda memoria de su propia conciencia. Alguno, ex profesor de Estudios Latinoamericanos en México, renegando de toda historia a través de adjetivos con los que desde hace años se identifica, escribió recientemente que los bolivianos se deleitarían ?con esa suerte de masturbación que consiste en contarnos cuentos sobre pasados, presentes y futuros? (Cayetano Llovet Tabolara, en La Prensa, 09.10.05). En sentido contrario, justamente histórico, toda biografía contemporánea sobre Rulfo por ejemplo, concederá de manera cada vez más explícita ?un capítulo? a la amistad entre el escritor mexicano y Quiroga Santa Cruz; me refiero a los trabajos más recientes de Reina Roffé (2003), Alberto Vital (2004) y Juan Ascensio (2005).

Por el pasado y presente de la democracia y el socialismo en Bolivia, de los que hace parte central la vida y obra de Quiroga Santa Cruz, corresponde en mi opinión precisar la importancia de un dirigente político consecuente con sus ideas, en el esclarecimiento de la conciencia política de su sociedad. Un esfuerzo responsable de este tipo exige cuando menos proporcionar datos fidedignos. Afirmo que la obra literaria y política de Marcelo Quiroga Santa Cruz es objetivamente desconocida y que al excluir su historia se sacrifica aquello que daría extraordinaria coherencia a muchos de los sucesos contemporáneos en Bolivia.

Apenas se conoció públicamente en vida de Quiroga, algo más que unos poemas con seudónimo (Pablo Zarzal), sobre todo durante dramáticas circunstancias políticas como la masacre de ?Todos Santos? (1979). Sólo dos libros compilan artículos suyos, de prensa y partidarios: ?Hablemos de los que mueren? (1984) y ?PS-1. Una sola línea? (1982). Otras dos obras, que estudian el petróleo y gas la primera (?Oleocracia o patria?) y fue su segunda e importante novela la otra (?Otra vez marzo?) no pudieron ser terminadas y fueron publicadas póstumamente. La novela referida, enlaza con enorme complejidad el sentido histórico del tiempo y fue trabajada durante al menos doce años, con la conciencia de su carácter intrínsecamente inacabado y recién publicada en Bolivia una década después de la muerte de su autor (1990). En cuanto a los textos políticos referidos, en particular el más amplio de ellos y primero en citarse, solo se conoce una edición, en México.

La primera de sus novelas (?Los deshabitados?) premiada y publicada cuando su autor contaba con 26 años, fue comentada de manera colectiva recién veintidós años después (1979). Julio Cortázar, que recibió esta novela en México, junto a un libro partidario sobre el asesinato de Quiroga Santa Cruz, escribió al respecto que el poder mata directamente a las voces que disuenan entre conformismos y críticas cautelosas. En un ensayo simultáneamente publicado en revistas de México y Argentina (?Realidad y literatura?, 1981) precisaba: ?Pienso en hombres como Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo para la conciencia de Macbeth?.
La participación de Quiroga Santa Cruz en la dirección de revistas culturales, cortometrajes, obras de teatro o crítica cinematográfica tiene un carácter inédito. Una parte de su obra política se dio a conocer de manera casi artesanal como folletos impresos, además del diario ?El Sol? que circuló durante dos años (1964-1965). Fuera de varios capítulos en libros colectivos, resultado de intervenciones públicas y publicados por editoriales universitarias, escribió también un extenso folleto clandestino primero aparecido en Chile (por el golpe militar de Banzer) con el título: ?Abajo la dictadura!?, que mereció publicarse en Argentina como libro (?El saqueo de Bolivia?) agotándose de inmediato en su primera edición. Sólo varios años después se (re)editará en Bolivia.

Igualmente, registros mecanografiados (a veces parcialmente) de muchas entrevistas e intervenciones públicas en Bolivia o en el extranjero, editoriales radiales y discursos partidarios en concentraciones de masas permanecen inéditos. Intervenciones parlamentarias (entre ellas una en Chile como escritor y otra en Washington, ante una comisión congresal estadounidense de Derechos Humanos) publicadas en respectivos textos institucionales, se suman a los dos juicios de responsabilidades planteados a los generales Barrientos (fines de los sesenta) y Banzer (fines de los setenta) publicados en Bolivia, el primero por la universidad, rescatando la primera instancia de interpelación a varios ministros de Estado que se llamó: ?Desarrollo con soberanía? (1967) y el segundo a cargo del Partido Socialista-1, titulado: ?Bolivia recupera la palabra: juicio a la dictadura? (1982). Y por supuesto, quedan aun por narrar las muchas batallas intelectuales por la soberanía y dignidad latinoamericana, así como de pueblos hermanos cuyas causas Marcelo Quiroga Santa Cruz compartió. A la fecha no existe una edición de sus obras escogidas y menos completas, las que alcanzarían al menos a 4.000 páginas, entre producción literaria y política.
Para poner en perspectiva ante Uds. esta obra y los variados imponderables del mayor riesgo que en vida tuvo que superar su autor para dar a conocer su pensamiento, permítanme subsumir esta sugerencia del carácter político del desconocimiento de su obra, en la pequeña historia de un libro ya referido, editado primero por Siglo XXI en México con el título de ?Oleocracia o patria? (1982) y cuyo tema central atañe a la importancia regional renovada del gas boliviano.

Recordemos que el 17 de octubre de 1969 (en Bolivia se llamó ?Día de la Dignidad Nacional?) Marcelo Quiroga Santa Cruz fue autor político de una medida antiimperialista y de recuperación de los recursos naturales no renovables de carácter estratégico: la (segunda) nacionalización del petróleo en Bolivia (pese a que recientemente y con cada vez más estrecha perspectiva, la Sociedad Boliviana de Escritores atribuya la iniciativa de esta medida al gobierno del Gral. Ovando, mencionando secundariamente a Quiroga Santa Cruz en la revista mexicana ?Archipiélago?, mayo del 2005).

La Gulf que había reconocido haber sobornado a varios gobiernos, entre ellos el del Gral. Barrientos en Bolivia, fue posterior e irregularmente indemnizada por Banzer, a la vez que los recursos obtenidos por la enajenación del petróleo se utilizaban para mantener la política del régimen militar de los años setenta y fascinar a su base social reaccionaria de clase media. Por ello Marcelo Quiroga Santa Cruz escribió un folleto sobre la claudicación frente a la Gulf, llamado: ?Acta de transacción con Gulf. Análisis del decreto de indemnización a Gulf? (1970). Además del petróleo, este trabajo comprendía la enorme importancia del gas, cuestión de la que no pudiendo dar cuenta en detalle en ?El saqueo de Bolivia? (1973) fue desarrollada posteriormente. El tema tomaría especial importancia en 1974, cuando el régimen militar de Banzer anunciara su intención de vender gas al Brasil del Gral. Geisel. Exiliado en Chile y habiendo salido de Santiago hacia la Argentina dos meses antes del golpe de Pinochet (1973), Marcelo Quiroga Santa Cruz solicitó a la dictadura de Banzer las mínimas garantías para retornar al país, por el tiempo apenas suficiente para demostrar, de manera documentada, la inconveniencia para Bolivia de la negociación de venta de gas al Brasil (que hoy en día es definida por la enorme demanda de este país, a través de los personeros de PETROBRAS en Bolivia).

Ante el rechazo gubernamental de Banzer, que canceló las elecciones previstas para fines de 1975 con el objetivo de prorrogar la permanencia militar en el aparato administrativo estatal, buscando la ?institucionalización de la dictadura?, Quiroga Santa Cruz envió a la prensa boliviana (mayo de 1974) un documento de veinticuatro páginas titulado: ?Acta de capitulación nacional?, documento que ningún medio publicó y trata acerca de las reservas de gas. Este fue el texto inicial del posterior libro ?Oleocracia o patria? (243 páginas en la edición boliviana completa de 1997) que diera a conocer en Buenos Aires la revista latinoamericana ?Tercer Mundo? (octubre de 1974), con el más significativo título ?elegido por Quiroga Santa Cruz: ?Bolivia: sin gas ni patria?.

Lo que hizo la dictadura de Banzer (resultado de un golpe militar apoyado por los expansivos intereses del Brasil) a través de su Ministerio de Información y Deportes, fue acusar a Quiroga Santa Cruz como el principal responsable del ?descalabro económico de 1969? (una manera de reconocer su autoría en la nacionalización del petróleo sin atreverse a nombrar esta última) y afirmar sin pruebas, que la impugnación de la venta de gas al Brasil se debía a ?un pacto de agresión extranjera sobre Bolivia?. (El mismo argumento infundado y dirigido a producir una imagen de legitimidad ante las Fuerzas Armadas, que diera Sánchez de Lozada para mandar a masacrar el año 2003). El año anterior (abril de 1973) la oficialista ?Carta semanal informativa (IPE)? afirmó que Quiroga Santa Cruz (en el exilio) ocultó para plagiar (sic) la información referida a las reservas y venta de gas a la Argentina (refiriéndose así al documento que circuló clandestinamente ,hasta su publicación como libro, ?El saqueo de Bolivia?, que no profundiza en la situación del gas como hará el póstumo ?Oleocracia o patria?, sino denunciando la política general desnacionalizadora del régimen de Banzer, lo que explica la equivocada difamación oficial antes mencionada).

Cuatro años más tarde (los que Quiroga vivió en México profundizando su estudio sobre el tema del gas antes de retornar clandestinamente, en 1977) y durante el proceso democratizador por el que la presión popular expulsó a Banzer del gobierno aunque no del poder, obligándolo a convocar a elecciones generales sin un candidato oficial suyo, Quiroga Santa Cruz recordará a los periodistas (en el juicio de responsabilidades que instaurara en el parlamento al sistema de poder que administró Banzer) aquél documento de 1974. En éste como en todos los casos, se trataba para él de un inalienable deber de conciencia dar a conocer algo que era de importancia estratégica para el interés nacional y el futuro de Bolivia, algo portador de muchas batallas que había costado sangre y debía comunicarse sin consideración de prudentes cálculos políticos.

Cuando se publicó ?Oleocracia o patria? (1982) el documento inicial cuya historia relato brevemente formó parte central de esta obra (páginas 74-103 de la edición mexicana) e incorporaba una ?Historia del acta de capitulación? (páginas 153-202) pero no los dos primeros capítulos, preparados en relación al folleto sobre la indemnización a la Gulf y por tanto como una profundización del tema en Bolivia, al considerárselos de carácter técnico-local. Los capítulos ?Antes de la nacionalización del petróleo? y ?Si no se hubiese nacionalizado el petróleo. La situación gasífera?, fueron publicados en Bolivia quince años después (1997) de la primera edición mexicana. Estos los antecedentes respecto al gas y a los datos de ?Oleocracia o patria? que Quiroga Santa Cruz no pudo actualizar y que sin embargo debieran bastar para advertir el carácter político del desconocimiento de la historia de defensa de nuestros hidrocarburos y el gas, en particular frente a la noticia que los media liberales difundieron en Bolivia con carácter de primicia: el supuesto descubrimiento de grandes reservas de gas por empresas transnacionales (ver por ejemplo el diario La Razón de estos años, vocero de los intereses de la española REPSOL).

Brevemente, ¿cuál la situación política actual en Bolivia en relación a la crisis del Estado neoliberal y las demandas nacionales más importantes, entre ellas la nacionalización del gas? Desde la ?guerra del agua? en Cochabamba (2000) y el gobierno constitucional de Banzer, las elites en Bolivia enfrentan la evidencia de su crisis de dominación: los intelectuales de que se rodearon a derecha e izquierda ya no demuestran capacidad alguna para articular un discurso plausible al orden neoliberal; sus partidos, fracturados internamente por la corrupción heredada del aparato burocrático del Estado, no tienen posibilidades electorales ciertas luego de legitimar las masacres de los últimos años (2000-2003); sus líderes, aunque agazapados en las regiones o bajo amparo estadounidense, se encuentran prófugos o descalificados moralmente en la conciencia ciudadana.

Tampoco cuenta la derecha en Bolivia, por ahora, con aquella tercera opción de izquierda reformista ya utilizada en la crisis de fines de los setenta (1979-1980) al carecer de un candidato propio con sustento electoral y diferir el recurso del golpe militar con aquiescencia estadounidense. ?Una izquierda de la derecha? que adopte de manera electoralista el discurso ideológico de la imposibilidad de ir más allá de un ilusorio centro político y termine reforzando en los hechos un orden neoliberal travestido. Esa pseudo izquierda que en los setenta encarnó el FRI, en los ochenta la UDP y en los noventa el MIR, ya no es operante. La actual incursión del componente indígena y popular, más las dos décadas de exclusión neoliberal que en parte expresa el MAS, no parecería tan maleable políticamente como la ampliación solapada de la venta de gas a todos los países vecinos salvo Perú, en cantidades que el banzerismo no alcanzó a efectuar pero continúa realizando el gonismo mascarado, de Mesa al actual presidente Rodríguez; no sólo el Brasil necesita este recurso natural ahora más que en los setenta, sino también Paraguay, Argentina con mayor urgencia y todavía más la industria del norte de Chile, país que realiza gestiones con Perú, Venezuela... y Bolivia.

El presidente boliviano, Eduardo Rodríguez Veltzé, fruto desde junio pasado, no de un cambio del corrupto sistema de partidos tradicionales, sino de una irresuelta postergación a plazos de su fracaso, es una prolongación del apéndice de las transnacionales petroleras a que se redujera el gobierno desde la presidencia de Carlos Mesa entre noviembre del 2003 y junio del año en curso. Podría parecer sólo un personaje anecdótico, el último eslabón de la sucesión constitucional antes de que el círculo dé una nueva vuelta retornando a su eje político que es el Congreso, el sistema de partidos tradicional, pero es realmente también el máximo representante de una función del Estado, la del Poder Judicial, que desde una aparente distancia gestiona con mayor margen político los intereses conservadores dominantes. Miembro del Sistema de poder configurado en su momento por el depuesto ex presidente, hoy prófugo en Washington, Sánchez de Lozada, Rodríguez expresa el telón detrás del que se desarrollan las dos tareas prioritarias para las clases dominantes en esta hora de crisis: la primera, económica, asegurando la continuidad de una política de exportación del gas ampliada y a espaldas de la voluntad general nacionalizadora y la segunda, política, aparentando de manera suficiente para el primer objetivo una neutralidad correspondiente al orden legal, mientras la derecha amenaza con el ?vacío constitucional? ante la inevitable y próxima derrota electoral de sus dos opciones políticas más claras, la segunda de las cuales cuando menos dirimirá la elección próxima en acuerdo con el MAS: PODEMOS de Jorge Quiroga y UN de Samuel Doria Medina; en suma, la derecha busca postergar la pérdida de la administración del Estado mientras prepara las condiciones de una oposición racista en la región del oriente boliviano contra un posible gobierno no neoliberal (ni definidamente socialista, como reza el nombre del MAS; Movimiento al Socialismo). Oposición de la oligarquía terrateniente también, contra la segunda gran demanda nacional a corto plazo y diferida desde el gobierno de Carlos Mesa: una Asamblea Constituyente que reforme democráticamente el fracasado modelo político y republicano de representación nacional. Aunque la derecha actual maniobra para deslindar la crisis de gobierno (?de gobernabilidad?) de la crítica correspondiente al modelo neoliberal impuesto desde 1985, habría que recordar junto a Marcelo Quiroga Santa Cruz, que ?la política nunca está separada de la economía? (Buenos Aires, mayo de 1974) ya que este es el sentido orientador mínimo de toda política coherente con la realidad.





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